En una calle de París
una vieja furgoneta
siembra palabras amarillas al viento.
Las palabras caen al suelo
y se quedan dormidas
sobre los adoquines brillantes de la madrugada.
Cuando la furgoneta se marcha
y la noche se marcha,
las palabras se juntan
con un viento bajito,
como una brisa cantarina.
Entonces un reguero de personas con bolsas en las manos
se descuelga desde los soportales
al encuentro de las palabras.
Y al cabo de un rato
ya no hay palabras en la calle
y cuando pasa el coche de la policía
el asfalto se parece a esos desiertos
en los que el viento cubre de arena a las palabras…
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