“Escribo
con carbón y dinamita en lugar de tinta”
Pidal Montes
Nadie se salva
Asturias tiene los ojos verdes, color herbazal de primavera,
una mirada azul sobre los montes que se impregna de brisa marina,
un corazón ancho y apacible que se orea
y se refresca con el viento del norte,
y unos pulmones ahumados, con esa calor que da la turba
cuando la hulla se va haciendo carbón de antaño.
En esta tierra todos son poetas de barriadas mineras,
activistas de la palabra, que se saben hijos, nietos y biznietos de
mineros, con las manos manchadas de sangre y tiznadas con el hollín del carbón,
con los rostros sucios pero dignos, y una escocedura en el alma
que no se lava ni con los siglos, ni con las aguas del Nalón ni del
Caudal,
en la cuenca minera central.
Aquí, todos escriben en tierra con carbón y dinamita,
pero es sangre y no tinta lo que corre por las venas de este pueblo.
Yo, a Asturias entré por el sur, acariciándole las canillas
en las cuencas mineras: De Pola de Lena a Ujo, de allí a Moreda,
Cabañaquinta, Aller.
Al sur de Mieres: Pozo Barredo, Figaredo, Santa Bárbara, San José,
Mariana, Santiago…
Bocaminas donde el carbón salía -y sale- a la luz como en un parto,
alimento del pueblo, pan negro.
“Santa Bárbara bendita
mira como vengo yo…
Traigo la cabeza rota
que me la rompió un costeru,
traigo la camisa roxa
de sangre d'un compañeru,
patrona de los mineros,
mira como vengo yo…”
La cancioncilla la cantaban
en una taberna de carretera
de Pola de Lena, dos
borrachines de Sidra,
que habían tomado la carne
gobernada con casi tres botellas
y Dios sabe qué más.
Yo nunca había visto una
mina.
Entrarle
al vientre de la tierra
a
mano, a piqueta, a vagoneta calada.
Filas
silenciosas de operarios, especialistas y braceros,
ojos
de vidrio como las canicas de buey con las que jugábamos
en
la infancia.
Infancia
del carbón, juventud de la silicosis, vejez de la humareda…
Me
cuentan que el pajarito que avisa de los escapes de grisú
es
un pájaro amarillo al que todos saludaban antes de bajar a los pozos.
Se
le alimentaba con hojas frescas de albahaca y pienso fino,
para
que piase todo el día sin descanso.
Había
un minero encargado de echarle el ojo a menudo.
Detector
de gases, este pájaro incansable, sabía todas las historias
que
se contaban en las minas.
Sabía
también las que se gastaban en las tabernas
y
las que guardaban las hogueras compartidas en invierno, tras os montes…
Una
mujer cantaba por la noche en el molino de Peruya.
Los
mineros enviaban al muchacho que ese día había tenido
su
bautizo en la mina,
pero
cuando iba al molino, o no veía a nadie,
o
encontraba a una moza con los pies de cabra: El diañu burlón…
Mujeres
encantadas, mujeres mineras, xanas que habitan
en
las torcas, los sumideros, las lagunas con poco agua.
En
la Robellada ,
junto a la cueva hay una fuente.
Las
ánimas hacen hablar al viento:
¡Andad de día que la noche es mía!
Mineros
de rostro negro, manos de hollín y ojos profundos.
Mineros
en lucha sempiterna: esposados, detenidos, escoltados
por
las sacrosantas fuerzas de la Guardia Civil.
Mineros
golpeados y desaparecidos: 1873, 1879, 1890,1937,
-entre
1941 a
1959: 1570 mineros muertos-, 1976, 2012…
Bajo
los hórreos o en el juego de los boloscuevas,
el
eco de las voces de los enterrados
remueve
la rueda de piedra de los molinos…
En
Santa Cristina de Lena, hay hoy fuego, barricadas,
llantas
que gimen con humo negro y lanzaderas.
Piedras
y tornillos contra botes de humo y pelotas de goma…
“A ver si se saca el
sombrero, señor, que va a pasar un obrero...
a ver si se saca el
sombrero, señor, que va a pasar un minero.”
Cuando se acabe el carbón, esta tierra tiene que seguir viviendo…
Iosu Moracho
(La foto está tomada de antonsaavedra.wordpress.com)