“Tras esa línea que separa
el bien del mal,
mi tierra se llama miseria
y no conozco la palabra
libertad”
Por las mañanas, al levantarme, en el centro de la ventana,
como un horizonte quebrado,
hileras de alambradas de espino entre ortigas y anémonas en flor.
Soy de la vieja aldea de Sar´a,
pero vivo en el campo de refugiados de Kalandia.
Mi padre me puso por nombre Amal
que significa esperanza.
Con él me levanto cada día
y cada noche lo ando buscando.
Kalandia nació conmigo, de la noche a la mañana,
campamento de refugiados palestinos
al norte de Jerusalén,
en la carretera de Ramallah.
Mi padre vende legumbres,
mi hermano trabaja de mecánico en Cisjordania
en un taller de colonos judíos.
Él me cuenta, ¿sabes?,
a veces los soldados también tienen miedo.
Soy palestina, soy palestino,
un pueblo con los pies descalzos
sobre un erial de piedras.
Mi madre me dejó en herencia un colgante sobre el cuello.
Está lleno de semillas,
para plantar algún día en nuestra tierra libre.
Un día vinieron los representantes de la ONU ,
vieron nuestras casas y dijeron:
Vamos a plantarles unos cuantos árboles…
Pero los ancianos dijeron:
No queremos árboles,
no necesitamos árboles.
¿Por qué?, -preguntaron los de la ONU-
crecerán y cuando llegue el calor del verano os darán sombra…
Pero las gentes de Kalandia contestaron:
Sí, la sombra se agrandará
y de año en año, los árboles irán creciendo hacia el cielo
y entonces nos recordarán los años que ya hemos pasado aquí
y seremos desgraciados viéndolos crecer,
y la sombra será una pesada carga,
una limosna al lado del verdadero frescor
de nuestra tierra ocupada.
A pesar de todo, los miembros de ACNUR,
-comisionados de la ONU
para los refugiados-
plantaron los árboles.
Y los árboles crecieron hasta el cielo
y los viejos empezaron a llorar no de gratitud
sino de vergüenza…
Y cuando fueron lo suficientemente altos y grandes
para ocultar al pueblo,
llegaron los soldados del Tsahal, los soldados de Israel
y dijeron:
Hay que derribar esos árboles,
pues no sólo dan sombra,
sino que detrás de ellos es posible esconderse.
Y los derribaron con sus bulldozers.
Así que hoy, cuando miro por la ventana cada mañana
ya no quedan allá más que unos cuantos muñones
de árboles amputados
que recuerdan la miseria y la impotencia
de un pueblo que no tiene derecho
ni a árboles,
ni a sombra,
ni a tierra.
Luego, levantaron este muro vasto y gris
sobre el que, cuando derribaron nuestra escuela,
escribimos para no olvidar el arte de las palabras.
¿Tendrán corazón los soldados?
-pregunto a mi hermano-
Cuando abro la ventana,
Un olor a frescura impregna la habitación.
El Tsahal olvidó arrancar unos pocos matorrales de lavanda
que perfuman nuestra resistencia.
Aprieto entonces mi saco de semillas
y recuerdo las palabras de mi madre:
La sopa en el fuego,
el pan en la mesa
y la esperanza en el corazón.
Sí, Amal, la esperanza en el corazón.
(Texto escrito por Iosu Moracho, inspirado en un relato del libro Los
niños de la Intifada ,
de Roswitha Von Benda. Ed. Talasa)
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