“La sangre que traspasa las telas
blancas florece"
Goran Petrovic
Alguna vez me he preguntado
quién lavará las sábanas blancas
que cubren a los muertos de la penúltima
de las masacres; de dónde salen
tantas sábanas blancas…
Recuerdo al violonchelista, que vestido de levita
y sentado sobre unas piedras,
tocaba en las ruinas de la biblioteca de Sarajevo
después de ser destruida en 1992 por las bombas serbias.
Era bosnio, y se llamaba Vredan Smailovic
Luego, en 2008, el escritor
Steven Galloway
contó su historia:
Un día,
un obús cae sobre la cola que hay formada
frente a una panadería y mata a veintidós personas, mientras el
violonchelista lo observa todo desde su piso.
Entonces, tras el horror
se hace la promesa de sentarse en el cráter
que ha dejado el mortero
y tocar el Adagio de Albinoni una vez al día,
y un día por cada una de las víctimas.
El Adagio había sido
recompuesto
a partir de un fragmento de la última partitura
que sobrevivió al bombardeo de la biblioteca de música de
Dresden,
pero el hecho de que haya sido transformado por otro compositor
en algo nuevo y valioso insufla esperanza al violonchelista.
El gesto de sentarse sobre las ruinas
y no en una silla de madera, es también elocuente,
en Sarajevo no quedaban árboles ni madera,
toda se había hecho astillas para el fuego
con el fin de soportar el duro invierno de la que una vez fue
Villa Olímpica…
Este verano leía un libro terrible:
“La boca llena de tierra” de el serbio
Branimir Scepanovic.
En el prólogo se decía:
“La sangre que traspasa las
telas blancas, florece”
“Algunas mujeres se arrancan
el cabello y plañen…
Alguien habla con exaltación
directo a la cámara”
Entonces,
alguien maldice a alguien,
alguien grita entrando en el plano, que se abre.
Las sirenas de la policía
y de las ambulancias
firman la banda sonora original.
No hay subtítulos. No hace falta.
Hay humo y restos ennegrecidos
por todas partes,
piezas de coches, trozos de huesos y carne,
harapos que antes fueron ropa y sentimientos.
No ha llovido en una semana
pero hay charcos.
El fundido en negro de la cámara
no permite distinguir
si se trata de gasolina o de sangre.
Suena el Adagio de Albinoni.
Las imágenes son para un telediario de sobremesa.
En casa, seguimos comiendo.
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