domingo, 8 de enero de 2012

Una oración por la lluvia



Wojciech Jagielski, reportero polaco, escribió “Una oración por la lluvia”, un libro sobre la historia de Afganistán, en el que cuenta que las revoluciones no nacen de la pobreza, el hambre o la injusticia, sino del desencanto que tienen las personas a las que se les ha abierto la puerta a la esperanza, pero no se les ha permitido pasar del umbral de esa habitación con hermosas vistas…


El libro era grueso y pesado como un ladrillo,
pero cada una de sus páginas estaba repleta de argamasa,
con suficiente fibra y músculo
como para tender puentes sólidos
entre la atención, la sorpresa y la impotencia.

Había pólvora en sus historias,
mucha muerte y mucha vida,
y a veces hasta sentías que te quemabas
o que ardías en un fuego azul tan intenso
como si estuvieras allí desde hace mucho tiempo…,
allí, bajo las balas de los helicópteros rusos,
allí, bajo el fuego de mortero de los muyahidines,
allí, en los campamentos, entre los rebeldes y los soñadores,
allí, en los mercados, con los insurgentes,
cambiando balas por un litro de leche
cambiando un cordero por un fusil de asalto.
Estabas allí, en Afganistán,
sufriendo el frío helado del invierno
en una carreta camino de Herat o Kandahar,
en medio del desierto de la muerte,
muriendo de hambre con rostro de niño
bajo una lona mugrienta
en los campamentos de refugiados de Peshawar,
en la vecina Pakistán.

Al principio de cada capítulo
había una foto en blanco y negro
ocupando toda la página,
y tú te quedabas con esa imagen
grabada en la retina,
cosida a las tripas,
clavada al rojo vivo en el corazón,
supurando una mezcla de bilis, sangre y pus
que te acompañaba todo el día.

Había una de un muchacho pastún
agachado, con el fusil en el regazo,
mientras daba de comer granos de pienso
de un palto gris y sucio
a una legión de palomas.
Había palomas por todas partes
y el muchacho sostenía el fusil con una mano,
como quien empuña una guitarra
y coloca sus dedos para tocar un “la menor”.
Sí, esa era la nota con la que iba a empezar su música.

No había curiosidad alguna en sus ojos,
tampoco resentimiento o pesadumbre.
Ese era su trabajo y nada más,
a ratos campesino y a ratos guerrillero.
El resto se quedaba para ti. Tú ponías todo lo demás.
Era una metáfora brutal:
Un joven dando de comer a las palomas de la paz
con una guitarra armada
en medio de una hamada de piedras frías,
en el Afganistán de los talibanes, los burkas
los ejércitos invasores
y las plantas de adormidera.

¡Malditas sean las guerras!
¡Malditas sean todas las guerras!
¡Malditas sean todas las guerras que condenan a los niños
a matar y a morir entre palomas mensajeras!





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