Wojciech Jagielski, reportero polaco,
escribió “Una oración por la lluvia”, un libro sobre la historia de Afganistán,
en el que cuenta que las revoluciones no nacen de la pobreza, el hambre o la
injusticia, sino del desencanto que tienen las personas a las que se les ha
abierto la puerta a la esperanza, pero no se les ha permitido pasar del umbral
de esa habitación con hermosas vistas…
El libro era grueso y pesado
como un ladrillo,
pero cada una de sus páginas
estaba repleta de argamasa,
con suficiente fibra y
músculo
como para tender puentes
sólidos
entre la atención, la
sorpresa y la impotencia.
Había pólvora en sus
historias,
mucha muerte y mucha vida,
y a veces hasta sentías que
te quemabas
o que ardías en un fuego azul
tan intenso
como si estuvieras allí desde
hace mucho tiempo…,
allí, bajo las balas de los
helicópteros rusos,
allí, bajo el fuego de
mortero de los muyahidines,
allí, en los campamentos,
entre los rebeldes y los soñadores,
allí, en los mercados, con
los insurgentes,
cambiando balas por un litro
de leche
cambiando un cordero por un
fusil de asalto.
Estabas allí, en Afganistán,
sufriendo el frío helado del
invierno
en una carreta camino de
Herat o Kandahar,
en medio del desierto de la
muerte,
muriendo de hambre con rostro
de niño
bajo una lona mugrienta
en los campamentos de
refugiados de Peshawar,
en la vecina Pakistán.
Al principio de cada capítulo
había una foto en blanco y
negro
ocupando toda la página,
y tú te quedabas con esa
imagen
grabada en la retina,
cosida a las tripas,
clavada al rojo vivo en el
corazón,
supurando una mezcla de
bilis, sangre y pus
que te acompañaba todo el
día.
Había una de un muchacho
pastún
agachado, con el fusil en el
regazo,
mientras daba de comer granos
de pienso
de un palto gris y sucio
a una legión de palomas.
Había palomas por todas
partes
y el muchacho sostenía el
fusil con una mano,
como quien empuña una
guitarra
y coloca sus dedos para tocar
un “la menor”.
Sí, esa era la nota con la
que iba a empezar su música.
No había curiosidad alguna en
sus ojos,
tampoco resentimiento o
pesadumbre.
Ese era su trabajo y nada
más,
a ratos campesino y a ratos
guerrillero.
El resto se quedaba para ti.
Tú ponías todo lo demás.
Era una metáfora brutal:
Un joven dando de comer a las
palomas de la paz
con una guitarra armada
en medio de una hamada de
piedras frías,
en el Afganistán de los
talibanes, los burkas
los ejércitos invasores
y las plantas de adormidera.
¡Malditas sean las guerras!
¡Malditas sean todas las
guerras!
¡Malditas sean todas las
guerras que condenan a los niños
a matar y a morir entre
palomas mensajeras!

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