Leo el libro de un muchacho
que combatió en Vietnam
entre 1969 y 1970.
Entonces tenía diecinueve
años.
Veinte años después, en
1990, escribía el libro:
“Las
cosas que llevaban los hombres que lucharon”
Tim O´Brien regresó de la
guerra con las alas rotas.
La verdad es que él tampoco
quiso ir, -como muchos otros-,
pero hubo un cúmulo de
circunstancias, una suma de presiones
que le llevaron finalmente a
alistarse.
Las alas de Tim no pudieron
abrirse durante mucho tiempo,
y aún hoy cuando vuela, sus
pulmones se estremecen
y a veces una pequeña pluma
se le queda en la garganta.
Conozco a hombres que aún
hoy,
después de estar dados de
alta
de eso que se llamó stress
postraumático,
aún se levantan gritando en
medio de la noche
con la garganta y cierto
olor a sangre.
Conozco tipos hechos de
hierro
que no soportan el sonido de
los fuegos artificiales.
Curaron sus cuerpos, sí, o
lo que quedó de ellos,
pero sus almas sangran
porque es imposible cerrar esa herida.
Es como si la niebla se te
metiese dentro, dice,
vapor puro, y no se oye
ningún ruido.
La locura tiene sus cauces
para llegar al fondo de tu río.
Hay muchos excombatientes
ocupando plaza de por vida
en casas de reposo en las
que no hay reposo ni consuelo.
La verdad siempre es
contradictoria
y según desde qué orilla la
mires
entre sus manglares y sus
altos juncos
oculta un buen número de
mentiras.
La guerra, por ejemplo es
verdad,
una verdad tan cruel que no
te deja un hueco
para ti mismo.
Si quieres un hueco
has de estar más allá de la
línea de tiro,
en un agujero, en la tierra,
uno que has cavado con tus
propias manos.
Allí descubres por primera
vez
lo que es el silencio. Y lo
temes.
Si quieres ese hueco,
has de estar más muerto que
vivo,
en ese momento en que las
balas trazadoras
pasan por encima de tu
cabeza
y toda tu vida pasa delante
de tus ojos.
Si sobrevives a eso,
nadie puede matarte,
nadie acabará contigo.
Eres inmortal hasta el
momento de tu muerte.
Esa es la verdad,
la verdad que gritarás cada
noche
empapado en sudor,
la verdad con la que
apretarás
el cuerpo de tu esposa,
temblando,
una noche de fiesta
en medio de los fuegos de
artificio…
Iosu Moracho

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