sábado, 7 de enero de 2012

Las cosas que llevaban


 



Leo el libro de un muchacho
que combatió en Vietnam entre 1969 y 1970.
Entonces tenía diecinueve años.
Veinte años después, en 1990, escribía el libro:

“Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”

Tim O´Brien regresó de la guerra con las alas rotas.
La verdad es que él tampoco quiso ir, -como muchos otros-,
pero hubo un cúmulo de circunstancias, una suma de presiones
que le llevaron finalmente a alistarse.

Las alas de Tim no pudieron abrirse durante mucho tiempo,
y aún hoy cuando vuela, sus pulmones se estremecen
y a veces una pequeña pluma se le queda en la garganta.

Conozco a hombres que aún hoy,
después de estar dados de alta
de eso que se llamó stress postraumático,
aún se levantan gritando en medio de la noche
con la garganta y cierto olor a sangre.
Conozco tipos hechos de hierro
que no soportan el sonido de los fuegos artificiales.

Curaron sus cuerpos, sí, o lo que quedó de ellos,
pero sus almas sangran porque es imposible cerrar esa herida.

Es como si la niebla se te metiese dentro, dice,
vapor puro, y no se oye ningún ruido.

La locura tiene sus cauces para llegar al fondo de tu río.
Hay muchos excombatientes ocupando plaza de por vida
en casas de reposo en las que no hay reposo ni consuelo.

La verdad siempre es contradictoria
y según desde qué orilla la mires
entre sus manglares y sus altos juncos
oculta un buen número de mentiras.

La guerra, por ejemplo es verdad,
una verdad tan cruel que no te deja un hueco
para ti mismo.

Si quieres un hueco
has de estar más allá de la línea de tiro,
en un agujero, en la tierra,
uno que has cavado con tus propias manos.

Allí descubres por primera vez
lo que es el silencio. Y lo temes.

Si quieres ese hueco,
has de estar más muerto que vivo,
en ese momento en que las balas trazadoras
pasan por encima de tu cabeza
y toda tu vida pasa delante de tus ojos.

Si sobrevives a eso,
nadie puede matarte,
nadie acabará contigo.
Eres inmortal hasta el momento de tu muerte.

Esa es la verdad,
la verdad que gritarás cada noche
empapado en sudor,
la verdad con la que apretarás
el cuerpo de tu esposa, temblando,
una noche de fiesta
en medio de los fuegos de artificio…

                                                  Iosu Moracho
                                                  25 de septiembre de 2011


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